La ciudad del Abba

Posted by on Abr 6, 2020 in Reportajes

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Solidaridad a la sombra de Debre Libanos (Etiopia)

Unos 700 etíopes desahuciados sobreviven gracias a la labor de un sacerdote ortodoxo en el entono del monasterio de Debre Libanos. La iniciativa del abba Kefyalew destaca por el escaso compromiso de su iglesia con los menos favorecidos.

Texto: Xaquín López. Fotografía: Sonsoles Meana

MUNDO NEGRO DICIEMBRE 2018

El abba Kefyalew

El gran valle del Rift es un cañón de casi 5.000 kilómetros que fractura el cuerno de África de norte a sur. Al cruzar Etiopía, abraza el monasterio ortodoxo de Debre Libanos, del siglo XIII, situado a unos 100 kilómetros al norte de la capital Adís Abeba. En una cueva próxima al cenobio cuenta la tradición ortodoxa que oró, por espacio de siete años, el abad Libanos. Miles de etíopes acuden cada año a este lugar porque creen que si se bañan en la cascada próxima al templo, el abad les extirpará el demonio del cuerpo.

Una de las mujeres que viven en Debre Libanos

Es tal esta devoción en Etiopía que cientos de ancianos, de los millares de peregrinos que acuden allí cada mes, decidían quedarse a malvivir en las inmediaciones del monasterio el resto de sus días. Instalaban campamentos improvisados alrededor de las rejas que protegen el santuario.

Era como una legión de guardianes custodios del gran secreto del lugar. Se veían obligados a quedarse en las proximidades del templo porque no había un sitio mejor para ellos en toda Etiopía.

Hace unos 20 años, llego a Debre Libanos un joven empresario, residente en la ciudad de Harar, con problemas de diabetes. El agua de la cascada ofició el milagro y el empresario peregrino se convirtió en, que es el nombre que les dan a los sacerdotes ortodoxos en Etiopía. Su primer destino sacerdotal fue Adís Abeba y en cuanto pudo, al cabo de un año, regresó al lugar donde se había iluminado su fe.

No fue el remedio físico a su enfermedad lo que cambió la vida del sacerdote, fue algo más real: centenares de personas, la mayoría de avanzada edad, acampaban en los alrededores del monasterio sin otro sustento que el de las limosnas de los peregrinos.

La iglesia ortodoxa no destaca por sus programas de labor social, pero el abba Kefyalew decidió hacer algo.

En un terreno próximo, asomado al balcón del Rift, construyó con sus manos, y las de unos pocos seguidores, un rudimentario barracón con literas. Los primeros peregrinos desahuciados de Debre Libanos ya tenían un lugar digno donde cobijarse. Poco a poco, el improvisado campamento alrededor de Debre Libanos se fue trasladando y creciendo a pocos kilómetros de distancia en la frontera natural que impone el Rift.

Una mujer que vive en Debre Libanos

El monasterio ortodoxo de Debre Libanos, del siglo XIII, está situado a unos 100 kilómetros al norte de Adis Abeba

El sueño fue consolidándose en paralelo a la ambición redentora del abba. En la actualidad, el complejo, o Casa de Acogida, como le gusta llamarla a Kefyalew, cuenta con decenas de pabellones distribuidos de forma anárquica por un terreno empinado de dimensiones similares a dos campos de fútbol. Cada estrato social tiene su lugar: ancianos sin retorno; niños desamparados; mujeres viudas o abandonadas; hombres con graves problemas mentales. Una más de las múltiples legiones de seres humanos que en Etiopía se quedan abandonadas a su trágico destino.

Actividad sin descanso

Lo primero que sorprende al llegar a la Casa de Acogida es la actividad frenética de los seguidores del abba: todo el mundo parece tener algo que hacer a pleno sol, a primera hora de la mañana. Entre tanto trajín, se aprecia algo parecido a lun proyecto urbanístico: una hilera de construcciones de planta baja a cada lado dibuja un rectángulo tirado a ojo.

A la sombra de una palmera crece una montaña de escombros y a pocos metros se amontonan ladrillos de adobe para las numerosas obras que hay en marcha. En el centro del recinto, hay un amplio patio abierto multiusos: tender la ropa entre columpios; plantar un huerto que nadie parece cuidar; un grupo de hombres pela pimientos rojos y secos, mientras unas mujeres lavan ropa en una esquina y un niño sonriente no pierde detalle desde lo alto de un tobogán oxidado.

Colegio de la Ciudad del Abba

La solidaridad española es visible a primera vista: una de las casas se ha levantado con el donativo de un padre que ha adoptado a su hijo en Etiopía; otros padres adoptantes de Málaga han construído un pabellón para adolescentes y otro para ancianos.

Sorprende al llegar a la Casa de Acogida la actividad frenética de los seguidores del abba: todo el mundo parece tener algo que hacer

Hasta aquí ha llegado también la ayuda institucional: la Diputación de Ciudad Real ha financiado otro sencillo pabellón y una entidad madrileña que colaboraba en las adopciones internacionales (cerradas el pasado enero), Cielo 133, ha levantado la librería, el comedor y dos pozos. Además, esta organización está a punto de comenzar las obras de un proyecto a largo plazo: una casa de acogida para niños huérfanos y desamparados, con dos módulos de formación profesional agrícola y ganadera.

«Hemos tramitado más de 500 adopciones de niños etíopes a España en los últimos diez años. Ahora quiero devolverle a Etiopía una pequeña parte de todo lo que le ha entregado a nuestro país» explica Ana Picazo, directora de Cielo 133, mientras ayuda a medir la parcela donde va a levantar los cimientos del orfanato.

La cocina del complejo prepara cientos de raciones de comida cada día. A media mañana, los fogones están a pleno rendimiento. Dos mujeres atienden las placas de cerámica circulares donde preparan la injera. La tradicional torta de pan elaborada con harina fermentada de tef, el cereal endémico de las planicies etíopes, es la base de la alimentación local.

Preguntamos por el abba y todo el mundo parece conocerle, pero nadie da pistas fiables sobre su paradero. Después de un rato recorriendo las instalaciones, se acerca un treintañero bien vestido y nos anuncia que está oficiando el funeral de un sacerdote, en una aldea cercana. «A las doce estará de vuelta y les atenderá con gusto», sentencia con una mueca de complacencia.

A mediodía, un grupo de unas 50 personas, la mayoría ancianos y mujeres más jóvenes, entra a pie por la puerta principal, siempre abierta. «Son peregrinos que acaban de purificarse en el agua del manantial y de hacer sus rezos en el templo», nos comenta uno de los guardianes de la entrada.

Compartir en silencio

En cuestión de minutos, empiezan a colocar bancos de madera bajo una acacia y sillas traídas de no se sabe dónde. No hay carreras ni gritos. Nadie se impacienta. Da la impresión de que llevaran haciendo esa tarea todos los días. A continuación, llegan parejas de hombres con grandes perolas tapadas por telas.

Grupo de peregrinos en la ciudad del Abba

Sacan la injera, trozos de pollo, salsas de aspectos sugerentes y vivos colores. La comida campestre es tan sencilla, como amigable la forma en que se reparten lo poco que tienen.

En ese momento aparece el abba. Tiene 53 años y un halo de misticismo propio de su condición religiosa y caritativa. Saluda a todo el mundo porque todos quieren acercarse a él para besarle la mano. Sus ayudantes intentan poner orden, pero él intenta atender a todos con una breve sonrisa, mientras saca una cruz de madera de un bolsillo y la ofrece a los besos de los peregrinos.

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Valiéndome de un guía le hago una pregunta que intenta esquivar. «¿Como va Etiopía?».»No respondo a preguntas políticas», contesta. Afino la cuestión: «¿Que ha cambiado o mejorado en el país en los últimos años?». Parece mascullar la respuesta durante dos, tres, diez segundos y responde: «El Gobierno está consiguiendo buenos resultados en la agricultura, pero el país sigue sumido en la pobreza». No hay opción a más cuestiones. El abba se despide con un gesto amable y se pierde entre un grupo de afines que forman su séquito.

Uno de sus ayudantes cuenta que va a visitar el pabellón psiquiátrico. Es una expresión traicionera. Se trata de un patio al aire libre, con celdas a un lado, donde sestean una treintena de hombres y mujeres. En apariencia son enfermos mentales por la mirada perdida, los rasgos angulosos de la desnutrición, las ropas raídas y la abstracción del que no está en vida….

Pero hay un rasgo que delata la condición de algunos: de los tobillos de un joven cuelga un brazalete metálico y una cadena amarrada a una argolla en la pared; otro está tumbado en mitad del patio, expuesto al sol, con las manos a la espalda, atadas con una cuerda. «Algunos se ponen violentos y tenemos que atarlos», cuenta un celador, mientras el séquito del sacerdote recorre el patio. En el pabellón hay unos 40 enfermos. El presupuesto da para una comida diaria y poco más. Los programas de salud mental en uno de los países más pobres del mundo, son a día de hoy una quimera.

Cuenta la tradición que el abad Libanos fue el primer monje de la iglesia ortodoxa etíope

Según la leyenda, tocaba con su bastón las rocas y de ellas manaba agua. El abba Kefyalew es un sacerdote ortodoxo pragmático porque cada día le ve la cara al hambre y a la tragedia humana. No usa bastón, pero quien se asoma a su mirada enseguida comprende que en este país de los descendientes de la reina de Saba hacen falta mucho mas que milagros para redimir de la miseria a la especie humana.


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