Maiduguri, la ciudad atrincherada

Posted by on Abr 6, 2020 in Reportajes

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Diez años de Boko Haram en Nigeria

EL PAÍS el 16 de Febrero de 2020

Texto: Xaquín López; Fotografía: Sonsoles Meana

Los dos millones de habitantes de la capital del Estado nigeriano de Borno viven amenazados por los yihadistas, que durante la pasada década perpetraron 600 ataques

https://elpais.com/internacional/2020/02/14/actualidad/1581686589_068928.html

Maiduguri, la capital del estado de Borno, al noreste de Nigeria, es una ciudad amenazada. También la obsesión de los yihadistas de Boko Haram, que acechan afuera. Durante largos periodos de la década pasada la banda hizo explotar bombas, casi a diario, contra escuelas, mercados, iglesias, comisarías o cuarteles. El ejército ha contabilizado más de 600 ataques suicidas, en la mayoría de los casos cometidos por mujeres. El último atentado con coche bomba ocurrió en julio de 2018. Ahora, la seguridad de esta polvorienta ciudad de más de dos millones de habitantes depende de una trinchera que la rodea completamente y que se puede ver desde la ventanilla del avión. El ejército la vigila día y noche.

    Es difícil y arriesgado entrar o salir de la ciudad.  Boko Haram -pero también el Estado Islámico de la provincia de Africa del Oeste (ISWAP) copian la estrategia de las “pescas milagrosas” de las FARC colombianas: se disfrazan de militares y montan falsos checkpoints en puntos estratégicos de las carreteras. Separan a los pasajeros musulmanes de los cristianos. A los primeros les permiten seguir su camino y a los segundos les trasladan a sus guaridas en el bosque de Sambisa o en el lago Chad, a 200 kilómetros de Maiduguri. Al cabo de semanas o meses de cautiverio, los yihadistas cuelgan un vídeo en internet con los reos, arrodillados y uniformados con un mono rojo, y sus verdugos de pie a sus espaldas. Los terroristas recitan un versículo del Corán y les descerrajan dos tiros en la nuca.

Boko Haram ha puesto en la diana a las furgonetas de pasajeros y eso es lo peor que le puede ocurrir a una estación de autobuses. Por eso, la compañía de transportes de Maidugui, la Borno Express, languidece, cada vez con menos clientes. “Hace diez años teníamos un movimiento diario de 45 ‘hummers’. En la lista de esta semana he tenido sólo unos 20 al día” se lamenta Saminu Alhaji, gerente de la estación.  “La carretera a Abuja está en muy mal estado. Los ‘hummers’ tienen que ir muy despacio y son presa fácil de los terroristas. Si el gobierno quiere solucionar el conflicto tiene que mejorar las carreteras” se queja un pasajero desde la ventanilla de una minibús, a punto de emprender viaje a Abuja.

Imán convertido en mártir

Mientras, en la ciudad, un retén de soldados vigila la trinchera salvadora, que serpentea por una extensa planicie, sin apenas vegetación. Están tranquilos. Saben que durante el día el enemigo no da la cara. Pero al ponerse el sol atacan casi a diario el foso con morteros, lanzagranadas o a ráfagas de kalashnikov. Las detonaciones se oyen con nitidez desde cualquier punto de la ciudad.

Los habitantes de Maiduguri se han acostumbrado a sobrevivir en esta violencia. La mayoría sabe cuándo empezó todo: el 30 de julio de 2009, el ejército nigeriano ejecutó a Mohammed Yusuf, un imán que predicaba su propia versión del salafismo en una mezquita del populoso barrio de State Locust. Sus sermones incendiarios y repetitivos contra “la educación occidental” convencieron a miles de seguidores. Para ridiculizarles, sus detractores les llamaron Boko Haram, “Prohibir la educación occidental”.

  La ejecución de Yusuf le convirtió en un mártir. Un hombre de su confianza, Abubakar Shekau, se puso al frente del movimiento al que llamó “Personas  comprometidas con la enseñanza del Profeta para la Yihad”, (JAD), aunque todos en Maiduguri les llaman simplemente los bokos.

    La primera mitad de la década pasada Maiduguri fue escenario de una contienda cuerpo a cuerpo, casa a casa, barrio a barrio, entre insurgentes y militares. En 2014, el ejército consiguió expulsar a los bokos de la ciudad y desde entonces se han hecho fuertes en el tupido bosque de Sambisa, con una extensión similar a la de Bélgica, a caballo entre Nigeria y Camerún. Pero desde allí siguen amenazando Maiduguri.

    Para luchar contra ellos, desde la década pasada, el ejército nigeriano impuso la estrategia de tierra quemada: ordenó el desalojo de las aldeas del norte del Estado de Borno y del bosque Sambisa. Todo aquel que no se fuera pasaba a convertirse en simpatizante de la insurgencia. Esto, unido a los ataques terroristas contra las poblaciones rurales, abarrotó los campamentos de desplazados.

Sólo en Maiduguri hay 109 campamentos de desplazados que acogen a más de trescientas mil personas.  Que pronto serán más, porque el goteo de nuevos desplazados es continuo. Una de las recién llegadas, Yagana Zannah, prepara arroz blanco en un hornillo de carbón. “Abandonamos nuestra aldea de Gajigana al tercer ataque de Boko Haram. Nuestra familia buscó refugio en el acuartelamiento militar, pero los insurgentes lo atacaron. Los militares no podían defendernos y huí con mi hijo pequeño en brazos”. En el campamento hay escuelas vigiladas por guardias con machetes, que las protegen de posible bokos infiltrados que traten de atacar a los alumnos y profesores. Su obsesión sigue siendo la enseñanza occidental.

      Hay organizaciones humanitarias con sede en Maiduguri que llevan años denunciando la violación de los derechos humanos por ambos bandos. M. I. es un activista local y no da su nombre completo por razones de seguridad. La entrevista se celebra en un coche, protegidos en el intenso tráfico de la ciudad. “Los centros de detención militares están saturados, sin comida decente ni agua ni ventilación. La gente sufre. La investigación militar se prolonga a veces un año o dos o más. Hay torturas. Mucha gente muere en los cuarteles. Para deshacerse de los cadáveres, los militares los llevan a la morgue del hospital de Mutuary para que sean los sanitarios los que se encarguen de enterrar los cadáveres sin identificar”, explica el activista.

          M.I. se compromete a llevar a los periodistas a una fosa común. Los conduce por una larga tapia que delimita el perímetro del principal cementerio musulmán, en el centro de la ciudad. Por, una entrada lateral se accede a una explanada invadida de zarzas. Dos jóvenes, preparando la fosa, se quedan inmóviles al ver a los recién llegados. M. I. denuncia que en ese lugar entierran a los presuntos bokos, que mueren en los centros de internamiento militares. “Es una fosa común con cientos de cadáveres” asegura. El vigilante del recinto ni lo confirma ni lo desmiente. Para él son sólo cadáveres que llegan en ambulancia desde el hospital. También han enterrado aquí a las víctimas de los ataques terroristas con bomba, cuerpos mutilados que nadie reclama. “Ha habido días de sepultar 300 y 400 cuerpos o restos desmembrados en bolsas negras de plástico”. Un portavoz del Alto Mando del ejército en Maiduguri, el coronel Iliyasu, rechaza estas acusaciones por teléfono.

Grupos paramilitares

Además de Boko Haram, el Ejército también combate al ISWAP (siglas de Islamic State West Africa Province). Un teniente del ejército nigeriano explica las diferencias entre ambas fuerzas yihadistas:  “ISWAP es más potente. Su poder radica en que es imprevisible. Hay riesgo de que provoque un conflicto internacional en la zona del lago Chad. Los de Boko Haram no tienen objetivos militares. Se han especializado en los secuestros para financiarse”

      Hace unos días, ISWAP asestó uno de esos golpes imprevisibles sobre el tablero bélico: al caer la tarde, decenas de vehículos quedaron bloqueados en un checkpoint, a diez kilómetros de Maiduguri. De noche, los terroristas atacaron el aparcamiento nocturno, aprovechando que los soldados se habían retirado, según el relato de un superviviente. Mataron a treinta personas y secuestraron a cincuenta mujeres y niños. El presidente de Nigeria, Muhammadu Buhari, efectuó una visita sorpresa a Maiduguri el miércoles para calmar los ánimos.

Iswap tiene su base de operaciones en las islas del lago Chad y tiene campamentos de adies- tramiento en Niger, Camerún y Nigeria, según fuentes militares nigerianas. No hay testimonios independientes de lo que ocurre en la zona porque los accesos están vedados. 

      El ejército nigeriano, a pesar de que es uno de los más poderosos de Africa, no está sólo en el campo de batalla. Cuenta con la ayuda de grupos paramilitares. El estado de Borno financia, con dinero y equipamiento, a los civilians, (civiles) y a los hunters, (cazadores). Los primeros son herederos de las brigadas vecinales que se toman la justicia por su mano. Son frecuentes en África para combatir la  criminalidad en los barrios, allí donde no llega la policía. Los segundos son cazadores de pura raza, rastreadores nativos que no necesitan Gps para orientarse en los senderos del bosque de Sambisa ni en las planicies sahelianas del árido norte.

        Los hunters tienen un contingente de unos dos mil hombres. Cobran un sueldo, del estado de Borno, de poco más de 60 euros al mes, el salario base en Nigeria. Su comandante, Mohammed Tar Yerwa, recibe a EL PAÍS en su cuartel general. “Combatimos codo con codo con el ejército. Los soldados no conocen el terreno y nosotros les guiamos. Cuando entramos en combate, no escapamos porque no tememos a los bokos. Ellos sí corren en desbandada y sólo Dios sabe lo que les hacemos cuando les capturamos”.

Magia negra

Quien también sabe lo que les ocurre a los bokos capturados es A. M. S. un miembro de este ejército paramilitar, que pide ser entrevistado en un lugar discreto. “A veces mis compañeros utilizan motosierras para decapitar a los insurgentes. Lo peor es cuando capturan a alguien que lleva amuletos en su cuerpo. Le atan las manos a la defensa de un vehículo y los pies a la de otro. El cuerpo queda desmembrado. Si esto no es suficiente, le llenan la boca y narices de arena hasta que muere”.

El vudú y la magia negra son armas letales en esta guerra no declarada. Los bokos temen más a los paramilitares que al propio ejército. Cuando entran en combate, los hunters van de avanzadilla y se colocan entre los soldados y los insurgentes, cuenta su comandante. “Nuestros amuletos nos dan superpoderes y las balas no nos atraviesan el cuerpo” asegura convencido Mohammed Tar Yerwa mientras muestra su guerrera de combate, cosida con amuletos y les da a probar a sus soldados polvos de vudú.

Boko Haram dio un golpe de efecto mundial en abril de 2014 al secuestrar a 276 chicas en un internado escolar en Chibok, a 125 kilómetros al sur de Maiduguri. Una ola de solidaridad internacional puso el foco en el conflicto. Amina Ali consiguió escapar al cabo de tres años de cautiverio. Fue mostrada al mundo con un bebé en sus brazos, cuya paternidad se atribuyó a alguno de sus captores debido a las repetidas violaciones que sufrió. En total han liberado a 154 chicas, pero 112 siguen en algún lugar remoto del bosque de Sambisa. Algunas han muerto, según Amnistía Internacional.

El conflicto de Boko Haram es así: muy de vez en cuando salta a las páginas de los diarios internacionales. Pero por lo general  los habitantes de Maiduguri sufren esta pesadilla diaria sin que nadie se interese.

Una vía férrea fuera de servicio, cruza el barrio de Maiduguri donde empezó todo hace diez años. Los andenes están cubiertos de basura y de polvo… de un polvo espeso que viene del Sáhara y al que llaman aquí Harmattan. Julius Marcel es un joven católico del barrio de State Locust. Señala con el dedo una parcela descampada: “Aquí estaba la mezquita original donde predicaba Yusuf. El ejército la ha demolido. A cincuenta metros estaba su casa”.

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